Sobre mí

«¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión que un día nos llega y que, si sabemos estar a su altura, después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Crees tú también que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano?» Hace no mucho, de visita en casa de mis padres estaba ojeando los libros de su estantería y entonces sucedió. Recordaba el libro, el lomo del libro más bien, porque nunca había llegado a empezarlo. «El último encuentro» siempre me pareció un título bonito, igual que el nombre de su autor, Sándor Márai, con esas tildes tan mal puestas, como pensaba de niña. Siempre había estado ese libro en casa, pero, por lo que sea, nunca era el nuevo libro que empezaba. Supongo que hay libros que sólo aparecen cuando tienen que aparecer. O lo mismo todo es casualidad, no sé.

El caso es que ese día de visita en casa de mis padres por fin me dio por leer alguna página al azar. Esas líneas, las que empezaban por «¿Crees tú también…», me atravesaron. Le pedí prestado el libro a mi padre, pero de vuelta a casa, en el tren, no leí ninguna página más. Casi todo el trayecto me lo tiré pensando en esas líneas. Fue ese día el que decidí no perder más el tiempo estudiando unas oposiciones que ni se convocaban ni, en realidad, me gustaban; decidí que era el momento de intentar estar a la altura de la única verdadera pasión que siempre me ha acompañado desde mis tiempos del Bachillerato Artístico.

Esa semana tenía pensado ir a la Facultad a pagar mi título de graduada en Historia del Arte, que me lo pedirían para las oposiciones, pero en vez de eso usé el dinero para matricularme en el taller de joyería de Carla Fernández, donde aprendí (y sigo aprendidendo) técnicas de esmalte, de porcelana y de cerámica. Además, me apunté al Grado Superior de Joyería. A mis padres casi les da algo al decirles que dejaba las oposiciones, pero un par de años después sigue aún más fuerte en mí esta pasión por crear con las manos, esta pasión por hacer del latón, no sólo latón; por buscar la belleza en la cerámica imperfecta; por descubrir lo improbable en algunas piedras minerales. Y por eso empiezo ahora esta aventura que es Alba Marai, sin tilde, pero decidida a no vivir en vano.

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